Junto al lago
Extiendo
mis pies hacia la baranda. Estiro lo que más puedo la punta de mi barriga,
acomodo mis brazos y tomo un respiro hondo y lento. Estoy al frente del
paraíso, pienso. El paraíso ¿Dónde estoy?, me pregunto mientras veo el reflejo risueño
de los espejos que allá abajo esconden bestias milenarias. Se ríen de nosotros,
se ríen de nosotros. Pienso. Todos aquellos seres que agitan sus alas bajo las
planicies se esconden en el mundo subterráneo. Vuelan entre rocas y gigantescos
agujeros, masas enormes de espesa tierra, ya más parientes del magma que de la
tierra de cultivo y cosecha. Tomo otro respiro profundo. No hay nada. No hay
nada allí al frente. Nada que me separe de mis ojos y me haga caer pesado en mis
piernas. Ellas se sostienen solas. Acomodan su peso en la baranda mientras
rastreo entre la madera señales de antiguas civilizaciones escondidas en el
evidente rasgo de la madera. Los trazos supuestamente aleatorios de caras,
perros con colas de cerdo, caras alargadas de ojos estrellados, largas marmotas
voladoras que muestran toda su calidad para penetrar las corrientes sin ser
vistas por nada más que ramas y hojas. Cuanto esconden la madera y sus trazos.
Pero allí sigue el lago, lejos de los códigos de roble, lejos de los dibujos
inanimados, lejos de los animales carnavalescos. Su calma aparente es la
muestra del gran engaño del mundo. Su superficie se agranda al ritmo de la
respiración que mi barriga pronuncia con orgullo. Mi piel, mi carne, parece ser
tan calma como las aguas. Se separa de la incomodidad solo con un suspiro. Ya
llevo tantos en mi existencia que estoy hastiado de alejar esa piel, esa calma
tan cálida y lisa como el cristal del pasajero mar. Tan entusiasta sus olas,
tan rotatorias como las fauces del planeta que bailan sin cesar, sin escuchar
lamentos ni risas, sin tener paciencia ni apuro sin guiarse ni perderse, van en
profundo y liviano porvenir. Planetas, aguas, brisas, respiros…Esto parece ser
cada vez más extraño. No quito mi mirada de la melodía llevada por esos oleajes
diminutos que despegan sus hondas tiernamente de la planicie invisible, así tal
como mi barriga esparce aire por un cuerpo que no existe. ¿Qué cantos serán
esos? ¿Qué cantos serán esos? Me pregunto mil veces y escucho una pequeña
respuesta en otra pronunciada evidencia de mi perpleja alma “Escondido tras
este tejido nunca podré oír”. Nunca podré oír. Así, y sin más, las aguas siguen
remando hacia la nada, Vacías, profundas, caucásicas como emblemas de otras
eras que rebotan en mi mente, como riachuelos perdidos en el monte más alto que
alcanza el pináculo del valle. ¿Será mi idea o algo quiere decirme este respiro
que hoy he tomado? Mis manos se sujetan entre sí para no caer, para no
deslizarse por ese estomago inquieto. Se tensan sus riendas, se conectan los
circuitos y siento el cosquilleo que mi cuerpo tanto ansía sentir. Viene y todo
se enciende. Yo quedo en segundo plano. En tercero. En cuarto. En quinto plano.
Tan plano como el espejo que no pierdo de vista. Anota en mis pupilas un papiro
de emociones vagas, exiguas, nefastas para la mente cobarde que se esconde
ahora tras mi espíritu. Te ves bien así, acobardada por el corazón. Sin
embargo, no guardes tantas oportunidades de salir, ya que sin ti poco de esto
podría sostenerse. Eres mi luz, eres mi vertiente que empalma mi cadera con
todo el áspero y robusto espacio ajeno. Motor de tantos anhelos. Guiaste a mi
visión donde se perdía el bosque y comenzaba este espectáculo que hoy río y
canto. Aquí frente al lago, sin nada que hacer. Sin atavíos. Volando por los
aires como un pez. Tomando el aire, para continuar en este edén de azules y oscuros
pasadizos.

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