La paradoja del árbol

 



Un árbol sabe cuándo detener su crecimiento para posarse sobre sus raíces y escuchar el silbido de las aves, simplemente lo sabe. Un árbol sabe hasta donde son capaces de llegar sus brazos, sabe que recorren lo más profundo del mundo, sabe con compasión y demencia que sus raíces no se mostrarán gratuitamente a menos que alguien sea capaz de cavar y cavar miles de kilómetros. Un sabio se comunica con el árbol regando sus alrededores, permitiendo que la propia sabiduría de ese fuerte Ser sea el conductor de sus nutrientes. "

"Yo te otorgo el alimento, tu sabrás como aprovecharlo" dice el sabio mientras riega el pequeño circulo rodeando al mastodonte milenario. Ese sabio, tanto como el árbol, confían plenamente en el invisible, saben que lo más valiosos de todos los asuntos mundanos, en el paraíso de la vida, se sabe oculto a los ojos de los fervientes, a los ojos de los gobernantes, a los ojos de los inquietos apasionados. Esos ojos se abrirán, como crece un nuevo árbol y no será de un día para el otro, por lo tanto solo me queda acompañar mis pasos con tal suavidad, sabiendo que sus raíces se encuentran en lo más profundo de sus ocultos territorios. Ellos simplemente estiran sus primeras hojas, ellos simplemente reciben la maravilla del Sol, con tal inocencia de un recién nacido. Son perfectos porque están mutando, son perfectos por que se deforman en su andar para abarcar el espacio completo del viento, para desarrollar todas las facetas de su corteza, son perfectos, dejémoslos así, amigo árbol milenario. 

Todo a su tiempo, todo oculto, todo descubierto, esa es la virtud del ángel, esa es la virtud del eterno creador. Si no sabes escuchar solo veras los limites de tú jardín, nunca más allá. No existe más allá sin antes acercarse a un milímetro del suelo y suavemente colocar el pecho, oído y pies sobre eso que te funde con la Tierra. Eso eres, emoción pura desenvuelta en un planeta de grandes conglomerados, todos vivos, todos insertos en el dilema de purificar el algo, del abuelo sufragando las nubes. Ese algo, ese algo, ese algo, no es mío, no es tuyo, no es de mis ancestros y no es de nadie. Esa es la paradoja del árbol. Acerca sus hojas al sol con la certeza de sus verdes anzuelos, al mismo tiempo, confía ciegamente que la luz tiene un espacio en sus poros. Esa es la paradoja. Tan real y tan absoluto es el árbol milenario, eres Tú.


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