La doble hazaña del Alma
El paso por el cuerpo es
solo el eslabón de salida al NUEVO ORDEN DE LAS COSAS. Allá afuera donde la
carne deja de ser carne y pasa a ser un hilo azul iluminado por ciénegas
gigantes, allí nada nos llevaremos, y vale más decirlo que vivirlo, por eso es
que se vive. Se vive porque nadie más puede vivir por el cuerpo presente. Nadie
puede reemplazar la palabra justa de los actos vivos y ardientes. Nada puede
enseñarte allá afuera que el adentro no pueda procesar en la exacta medida consagrada
desde el santo grial de las emociones; Tú Verdad. Pasamos mil y una vez las
enseñanzas frente a nuestros ojos, eso hacen las canciones de los iniciados, los
poemas de los iniciados, los gritos de los iniciados que se escuchan en las
praderas ante el descanso repentino de un buey reposando al costado de un árbol.
Ese canto será escuchado solo por aquel que descifre la radiofrecuencia del
canto de las aves madrugando en el horizonte. Esa frecuencia es Una y solo UNA.
La Verdad es con mayúscula cuando nace de la convicción de estar VIVO, de estar
PRESENTE. Esa sensación solo la conoce el espacio intergaláctico y para
separarnos del encierro primero es deber asumir la cárcel donde nos han
colocado para aprender el juego de las líneas de tiempo en el muro, el juego de
las uñas desesperadas sangrando de tanto golpear amores, idealismos, promesas, guerras
y manifestaciones de paz. Todo se envuelve de una prisión creada a imagen y semejanza
del infierno ¿Por qué? Nada es el infierno, solo una palabra inventada por cabizbajos
aprendices faltos de humor. El infierno es eso que duele tanto como dejar atrás
a una mariposa pasando con una belleza deslumbrante para darte apenas unos
pocos segundas de encanto y luego devolverte a la tormenta que azota la casa
con violencia. Esa mariposa, esa mariposa es la vida elucubrando sus placeres
frente a tus ojos. Es la tentadora pierna de seducciones antiguas, de madres
cortadas en pedazos y distribuidas por las ciudades en pezones calientes, en
piernas gruesas, en sudor manifestado en la grieta del porno estallido del
escote universal. Allí todo seduce, la vida seduce. La mariposa, la mariposa es
el encanto de procrear, de insistir en la vida pese a que la muerte se muestre
con holgura, con disfraces tan siniestros como el mismo interpreté. La vida es
un reconocimiento vasto y último de la certeza más grande y definitiva;
DEJAREMOS LA CARNE y ASCENDEREMOS A LAS LUCES. ¡Eso es imposible¡ exclama el racional
lector de noticias cotidianas, el lector de catástrofes foráneas que pintan el
paisaje de su mente con un impostor tostado en el caribe y una dama de compañía
eterna; la desesperanza. A eso vinimos. Asumir la desesperanza de creer todo lo
vivo como el único velo de lo posible, allá se encuentran las trifulcas de religiones
dolientes, combatiendo con el Ego inflado a mano armada y pies atados. Allí
estamos, allí nos hartamos de AMAR nos hartamos de APRENDER, nos hartamos de
CREAR, nos hartamos de mover el esqueleto como cumbia sabrosa de medio América.
Azótate contra el piso, azota tu cabeza para entender de una vez que la carne
solo transparenta nuestra debilidad primera y última; el Amor supremo venido de
las estrellas, el motor que nos empuja al precipicio caliente de nuevas formas,
caliente de nuevas sensaciones desconocidas, dimensiones de las células vibrando
a velocidad suprema, a velocidad de arcángeles y ángeles. Allá vamos y nos pesa
la carne.
Hay tanto que vomitar por el
balcón antes de tomar la decisión de lanzarse uno mismo y despedazarse contra
la corriente de todo lo seguro, de todo lo establecido. Lo establecido parece
ser una cosa gigante y piramidal, un gran mastodonte de piedra trizado de cuarzos
y cuantas piedras preciosas nos regalan los divinos para alumbrar nuestras
certezas, para romper en dos los ejercicios de despoblar los miedos, de
despoblar las alegrías, de despoblar el corazón, de despoblar el cuerpo y hasta
despoblar el rezo que sube como el humo aliñado de un almuerzo de media tarde
en Paris. Todo y cuanto más sabremos nosotros antes de ascender. Todo y cuánto
más podremos poseer en el corazón para estallar de repente en mil pedazos y dejarnos
hilvanar por las manos sagradas más suaves del universo. Esas manos nos tomarán
en cientos de estrellas de descomposición mineral hasta lanzarnos a un nuevo
hogar esta vez más honesto, esta vez más liviano, repleto de sabores conocidos,
ni de grande lujurias, ni de grandes apetitos, ni de grandes amores. Quizás
cuanto de decepcionante resulte el paraíso para aquellos hombre humildes que mueven
la tierra en búsqueda de una nueva cosecha de inframundos, de desvelos, de
esperanzas tristes. Esos hombres, al igual que los dedos que hoy juegan con las
claves del cielo, esos hombres, todos los hombres, nos resistiremos siempre a
la Verdad más útil de la naturaleza cósmica; la Verdad de la Vida. Tú eres la Verdad,
cada paso tuyo es la Verdad, cada centímetro de tu emoción, de tus ideas y de
tu violento deshojador de esmeraldas que llevas luego de los codos y antes que
las uñas. Todo será tuyo aquí y ahora en el entrenamiento para despedazar las
pasiones mentirosas que nos atan sin destino, que nos atan sin Vida a la vida
con minúscula y poco ritmo. La vida sin música es la que pasa por los desiertos
de semáforos alegres, cambiando para hacer fiesta a los idiotas, cambiando para
activar algo del fluorescente cristalino que se asume vivo allá adentro en esos
cerebros poderosos tomando una siesta entre mil vidas, tomando una siesta entre
mil futuros posibles, tomando una siesta en un amargo sueño, en una pesadilla
casi inútil, en una pesadillas casi heroica. Hazme saber precioso cobarde,
cuanto es el precio por tu estabilidad, cuanto es el precio por tu sonrisa
amable, cuanto estamos dispuestos a pagar debajo de las faldas, cuanto estamos
dispuesto a tranzar sobre nuestras cabezas para terminar degollados en el
pudridero del nido de avestruz, cagados hasta el último centímetro de piel.
Así y todo, la vida avanza
bella en su tristeza, en su danza impermanente , en su oasis de placeres ahumados
en la discordia del mismo diablo. Avanza proyectados hasta el infinito de todas
las posibilidades y sola Una, Tú despertar. Tú venida al paraíso cercano para
dar rienda suelta luego en tu despedida al paraíso lejano. En distancias no
sabría poseer calculo alguno, sin embargo, tengo claridad de que aquí no podemos
despertar sin antes morir mil veces. Morir duele, morir es un aquejado llanto
lento y suave, tan placido como el orgasmo y tan incisivo como el canto de los
nervios al vibrar de tensión. Esos dolores y muchos más son el ahorro de tiempo
de Dios para adquirir tantos guerreros como sea posible. ¿Guerreros de qué?
Claro que sí, la guerra existe al igual que la vida, pero en el fragmento de
segundo donde los jóvenes hacen promesas en un anillo tan fatal y auspiciosos
como el mismo Saturno. Esos jóvenes y esas jovencitas de todas las Eras
conocidas y desconocidas esperan el milagro juntos y se suicidan en el tratamiento
más eficiente contra la calvicie; no arrancar las flores por miedo a perder la
belleza en el lento secado de sus colores. Ese temor es insuficiente, es el
mediocre atisbo de lo que se puede llegar a concluir en el abismo. Ese abismo
es el despojo necesario. Ese abismo es el final del principio más alentador. Tú,
que elevas hoy el cuerpo a la eternidad, ven a visitarme, pégame patadas cuando
mi corazón me cante las canciones horribles de la democracia de las emociones.
Esas canciones que te hacen parecer la excepción más especial del universo mientras
Todo pasa como hace un siglo, mientras Todo pasa como hace una década, mientras
todo pasa como hace un decibel de Eras Solares dentro del fragmento de segundo
designado para enseñarme solo una cosa: Tú no importas, Nada importa, tus
llantos no limpiaran la alfombra del muerto marcado con tiza y cal, NO. Lo que
importa esta mucho más allá de ti, mucho más allá del llanto y se desparrama por
tus piernas no tan visible como la sangre prometida por todas las lunas de vulvas
inquitas de nuevas Almas preparando sus sufrimientos, preparando sus apegos al
primero de los flagelos planetarios; el vientre caliente. Ese vientre hermoso y
delicado es en realidad la más cruda de las despedidas, el más asombrosa de los
Adiós obligado por una penetración quizás forzosa, quizás orgásmica, quizás
aguantada por simple apatía de no querer Ser. Ese Dolor en gestación, ese Ser
fascinante de emociones tan conocidas como la misma leche de una vaca en medio
del campo crudo de maleza y vino tinto. Ese Ser, tiene mil formas de viajar a través
de su campo minado de expectativas. Esa Madre y ese Padre que aún no han visto
la gloria del desapego, la gloria de saberse aprendices dolientes, la gloria de
encomendarse a las estrellas para guiar su pasa a cada alarido del Sol. Esos
penetradores ambiciosos tienen su aprendizaje en el Alma viva que traen y así
dañaran, así despedazaran al Ego palpitante, así crearan a un aborigen de
contracciones lentas. Ese simio torpe será su nuevo mentor, ese simio torpe
será su nuevo espectador en la gran vorágine de tiempos que los atraviesan por
medio de sus huesos astillados de vejez prematura. Ese nuevo Ser es la
esperanza. Ese nuevo Ser eres Tú, escuchando desde el más allá en este viaje intergaláctico
por los años no-lineales establecidos por el Consejo de Sabios más que íntimos
amigos de la Suprema Consciencia. Tú, en ese azar que te trajo a este despropósito
de palabras. Tú, eres el viaje. No eres una edad, no eres una forma, no eres
materia alguna. Un simple viaje, una travesía elegante del cosmos para
divertirse con el imaginario y aumentar las semillas en forma de cabezas, codos,
narices, vientres, testículos, vulvas y dedos pequeños. Esos pequeños y
elegantes huevos solares somos benditos por la vida ante la dicha más milagrosa
al tiempo que dolorosa; la Consciencia ¿Para que entregarnos el conocimiento divino
antes de entrar a las puertas de la luz? Pues ¿no es evidente? No cualquiera entra
por esas puertas, y atravesarla requerirá de un entrenamiento estrictamente
programado por óvulos y espermios viajando a una distancia calculada entre
50000000 y 60000000 millas de galardones entre dos elegantes amantes bebiendo una
copa de vino latinoamericano en medio de la ciudad más bella puesta bajo los
pies del Creador. Esos dos amantes son el programa último de un destello cósmico
terrenal, servido para llevarnos hasta sus pies, servido para pulirnos como a
una gruesa tabla de madera, antes, mucho antes, de ser siquiera tocada por el Artesano.
Somos la tabla en blanco de las leyes de la fortuna, del dulce sensual, de los
pies repletos de hongos, de los dientes podridos, de los pelos carcomidos por
serpientes.
Absoluta y agonizante es la perfección
crucial de todo este movimiento. Nos disponen a trabajar mucho antes de cobrar
la razón de mercado, la razón de fútbol y palomitas de maíz. Nos pusieron a
trabajar apenas atravesamos los labios de la Madre mojados ante el orgasmo vergonzoso
de parir un cráneo frecuentado por fantasmas y ángeles. Vinimos por un propósito
desconocido y similar al del profeta: Abrazar el altar repletos de heridas en el
rostro, de latigazos, de escupitajos, de gangrena en las costillas. Clavados en
el pedestal de la miseria es volver a tentar al Creador a darnos una
oportunidad esta vez no de sudar con tanto poder como la jornada de un obrero
de color en ciudades sin color. En la renacida, en la tercera oportunidad de la
vida, en la quizás última anulación de los estímulos planetarios, en ese
momento el resurgir habrá situado un germen más que asfixiante en el camino.
Así gozaremos de una doble condición hasta el tiempo de dejar atrás la nave y
dispararnos en expulsión fugaz y nuevamente orgásmica a un nuevo Estado de
absoluta contracción y servicio pleno. Antes, esa doble condición nos mareará
entre el mojito cubano en medio de la playa sustancialmente blanca, tierna y
adjuntado a piernas de morenos resplandores, al mismo tiempo que la amargura no
podrá más con nuestros huesos y carcomerá como pulga nuestros pensamientos para
un postoperatorio interminable de nuevos síntomas impostergables y
determinantes para el éxito de la sanación. Ese doble carácter del Ser es por
siempre la bienvenida anterior, es el aprendizaje terrenal a gozar, a cantar, a
reír, a llorar, a parir, a educar y a compartir. Eso mueve mis dedos, eso mueve
mi mente fútil a deshacerme de estas palabras ahora dueñas de nadie y compartidas
como un evangelio nuevo y renovado con olor a tabaco, whisky y sexo. Prosperen Almas en expansión hasta el final de
sus días, donde veremos la Luz definitiva y el Amor ya no será un cuento de hadas
o un cumulo de olores, sino el más completo tejido de nuestra nueva existencia.

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